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ascensores
el frÃo representa al color cuando el frÃo invierno se apodera de todo y los pálidos dÃas de esos dÃas escapan uno tras otro al ritmo azulado del mar.
algunos cañones de fuego disparan al mando de fuego en las noches y aquellos que no disparan ocultan para siempre las partes reales de una verdad; y la gente se esconde en los ascensores simulando ir a la nada, pero no van, suben y bajan fingiendo la calma que también se apodera de todo, de las luces, del tiempo, de mÃ.

El arrancó algo de sus brazos y se leyó a si mismo lo que habÃa escrito en la blanca y sucia pared treinta y siete minutos atrás.
en mÃ: sensación absoluta de pleonasmo; el pasillo vacÃo y toda la sangre derramada que pudo alguna vez estar sobre él mientras yo no caminaba, litigioso entre el conmigo y el sin mÃ. después de mis acciones algunas personas implican o denotan duda, son como el facilismo y la complejidad de la palabra cosas, porque a veces suena como el golpe de un auto en la oscuridad dentro de tanta confusión.
las cosas son simples: pudimos haber volado por la ventana, expectorados sobre el pavimento y contra él y nuestra piel no hubiese provocado chispas al chocar, pero eso ya no lo podremos saber, al menos mis dedos siguen en mÃ. viéndolo desde un ángulo humanista en su totalidad, interpretado por un ignorante que al final no sabe qué hacer, pero lo hace.
tal vez estamos aquà por si los autos no nos matan, por si llega a ser conveniente respetar las cosas que decimos sentir, sino nada tiene sentido y la fragilidad de las palabras que se nos escapan de la boca se asemejan a nuestro cuerpo de piel.
un domingo descubrà qué cosas podrÃa yo hacer si los autos no nos matan.
si los autos no nos matan seguiremos aquÃ, hablando de los autos que no nos matan, de nuestra carne, de nuestras ideas, de nuestras drogas, de nuestras inquietudes y cobardÃas, de nuestra fe, de nuestra forma de alimentarnos, de nuestras ganas de vomitar, de las cosas que leemos, de las que no decimos, de nuestras sonrisas sin explicación, de nuestros aplausos.
hay un lÃmite débilmente delimitado entre lo que está bien, lo que está mal y lo que no está; en el hotel carla no hay agua: hay murciélagos; al menos desde el balcón se podÃa ver un perro ladrando a la luna. en absoluto silencio.
amo las cosas que suenan, como los cuerpos, porque me hacen imaginar cosas.
hjuo
"pero quedo yo, en medio de mÃ.
y en medio del alma y más paredes sonriendo a los amigos,
yendo allá desayunando,
pero quedo yo aquà aplaudiendo una vez más
a los fantasmas de las tres."

"... lo siento: realmente me encantarÃa sostener ese perro allá, algunos metros sobre el piso y disfrutar de verlo caminar por las paredes, intentando disimular su mal aliento y la breve gravedad en mis palabras."
pies descalzos de notable resequedad; mirando hacia la nada desde mÃ. a lo lejos nubes pierden altura por temor al desgastado azul del cielo y su minúscula inmensidad que se convierte poco a poco en, simplemente, un pedazo más de mÃ. desde entonces no recuerdo cuándo es cuando, ni siquiera al separar las cortinas que enmudecen las ventanas en mi habitación; los objetos cerca de mà se descomponen en sus primarios componentes y algunos como las tijeras no se volverán a armar jamás.
conozco a las palabras y por eso las miro de reojo; mis problemas de insectos siempre han sido las palabras.
hjuo.

el cielo cede forma.
la forma nunca pierde su forma pues carece de ella, más allá de que la veamos deformarse o no; danza esquelética en el vacÃo ardiente, junto a las cosas que no están, no son, no existen. nuestras bocas y sus palabras son formas que pueden en algún momento deformarse, mas carecen de forma alguna cual se pueda deformar.
la forma de mi forma se deforma, contrarresta entre mis manos el vacÃo que habita en cada forma extraña de mi forma; aunque no se pueda deformar. y los dedos se deforman e intentan, mediante el tacto, mi rostro deformar, y mi rostro se deforma, y la luna se deforma, de forma muy particular, de formas inexactas como números sin forma o formas de miradas hacia ningún lugar.
mis gestos se deforman; yo me deformo hasta que no me puedan reconocer, aunque nada signifique reconocer una forma sin forma, pues no se puede deformar.
los ojos se deforman, el agua se deforma, el viento y tu sentir; las mentes de tus padres, dios.
aunque no se puedan deformar.
hjuo.

al viento vamos como queriendo no ir, y nuestros cuerpos observamos alejarse de nosotros para sentarse en algún lugar vacÃo a, simplemente, ver el sol de calcinante luz.
mi piel da al cielo cuando vacÃo mi ser, cuando respondo expedito las preguntas que se hacen en la lÃnea de tus ojos que limita con el mar o contra el. reviso el cuerpo ausente justo a un costado de mi cuerpo y vuelvo a mirar hacia otro lado queriendo estrellar mis ojos, y su mirada, contra la pared.

un animal en mis sueños busca escapar de todos los lugares en que su cuerpo no está, su furia incandescente metralla mis ojos al ritmo despiadado del sol bajo el sol, los colores dejan de ser y todo huele a áfrica en un valle de algún paÃs centroamericano.
majestuosos grises parecen danzar ante tu cuerpo hirviendo mientras restriegas tus ojos para evitarte en deseos la realidad; inventas momentos, te inventas hasta perder la razón y los músculos de tu cuerpo muy poco pueden hacer contra esa rigidez dentro de tus movimientos.
las viejas canciones parecen hablar, se remenean sin ropas en lo más profundo de tu imaginación, me hace permanecer en silencio, porque soy: poder no pronunciar una palabra mientras hablo muy adentro de mis labios entreabiertos que en su afán de siempre estar callados sucumben al color de una sonrisa, y no hacen más que sonreÃr.
algunas aves del amanecer se apresuran a aparecer sonoras fuera de las ventanas incrustadas en mi piel, yo a pesar de mis silencios dejo claro que el cielo desde mis venas y a través de los minúsculos orificios desplegados a lo largo de mi piel, se me va, buscando altura y se pierde para siempre en la infinita inmensidad. mis ojos se acostumbran.
y vuelvo al agua, me descargo en ella ahora sin cielo en mi cuerpo, sà con ventanas en mis espaldas, pero no precisamente en mÃ, actúo como desarmando mi nombre en pedazos que se desvanecen y caen al suelo, actúo con los ojos cerrados para saciar mi necedad; las viejas canciones se sientan a mi lado y encienden un cigarro en mi nombre, me miran como a un ser extraño que perdió para siempre su capacidad de coordinar los movimientos, que oscilan espontáneos de un lado a otro de mi cuerpo, mientras yo contemplo en silencio desde mÃ.
hjuo.

Yo puedo comerme tu televisor y soltar faroles sobre tu cabeza, provocar incendios a cada instante por mis deficiencias de voluntad ante los cigarros mal apagados. Puedo tirarme por las escaleras.
Mis ojos miran hacia otro lado y converso con tu reflejo en las cosas, porque todas las cosas son como espejos: las paredes con pintura de agua, el papel sobre el que escribo; me incitan a perder la locura, sin lograr alejarla de mi. Muerdo la punta de mis dedos y hago formas con mis manos, sobre el vidrio iluminado de mi monitor que en cualquier momento va a estallar.
Yo puedo fumar un cigarro tras otro; tus trajes antiguos, rasgados; tus pies caminando sobre el pasto, desnudos como la primera vez. Todos pasan caminando por mi costado, yo permanezco a toda velocidad cayendo por las escaleras, con los labios apretados.
De acuerdo a mis necias palabras, puedo comerme tu televisor, masticarlo paulatinamente hasta olvidar mi idioma y confundir las palabras entre sus crujientes sonidos al morir. Tras correr millones de años, podrÃa volver a tu hogar y destruir todas las puertas y ventanas sin entrar, para no causar daños peores, porque según mi inteligencia y de acuerdo a mis necias palabras: tengo los motivos suficientes para poder comerme tu televisor.
Yo puedo comerme tu televisor y sopesar mi inapetencia; aunque sangre mi nariz por motivos diversos e insignificantes; aunque descuide mis preguntas para después. Puedo hacer cualquier cosa con tu televisor: aparecer y desaparecer, provocar tu piel hasta desintegrarse, descifrar tu aliento, hacerte mover, traerte conmigo a las escaleras, donde las cosas se alejan sin razón, como si pudieran caminar.
Puedes tirar desde lo alto tu televisor, puedes tirarte tú detrás de él y toda tu familia también.
Mi guitarra sin cuerdas tiene forma de dios; todavÃa no lo puedo creer. Muchas personas se congestionan sólo para ver, algunos agarrados de las manos, otros con cabeza de mano y las manos en la cabeza, como sosteniendo una gran mano, que es en este caso su cabeza. Se ahorcan de la muñeca y no hay sangre ni lamentos y nadie recuerda lo que sucedió.
Yo sencillamente puedo comerme tu televisor y sentarme en las escaleras con mi guitarra sin cuerdas, que tiene forma de dios; a quien no le importan los idiomas, porque son algo demasiado superficial.
Mis ojos miran hacia otro lado y converso con tu reflejo en las cosas, porque todas las cosas son como espejos: las paredes con pintura de agua, el papel sobre el que escribo; me incitan a perder la locura, sin lograr alejarla de mi. Muerdo la punta de mis dedos y hago formas con mis manos, sobre el vidrio iluminado de mi monitor que en cualquier momento va a estallar.
Yo puedo fumar un cigarro tras otro; tus trajes antiguos, rasgados; tus pies caminando sobre el pasto, desnudos como la primera vez. Todos pasan caminando por mi costado, yo permanezco a toda velocidad cayendo por las escaleras, con los labios apretados.
De acuerdo a mis necias palabras, puedo comerme tu televisor, masticarlo paulatinamente hasta olvidar mi idioma y confundir las palabras entre sus crujientes sonidos al morir. Tras correr millones de años, podrÃa volver a tu hogar y destruir todas las puertas y ventanas sin entrar, para no causar daños peores, porque según mi inteligencia y de acuerdo a mis necias palabras: tengo los motivos suficientes para poder comerme tu televisor.
Yo puedo comerme tu televisor y sopesar mi inapetencia; aunque sangre mi nariz por motivos diversos e insignificantes; aunque descuide mis preguntas para después. Puedo hacer cualquier cosa con tu televisor: aparecer y desaparecer, provocar tu piel hasta desintegrarse, descifrar tu aliento, hacerte mover, traerte conmigo a las escaleras, donde las cosas se alejan sin razón, como si pudieran caminar.
Puedes tirar desde lo alto tu televisor, puedes tirarte tú detrás de él y toda tu familia también.
Mi guitarra sin cuerdas tiene forma de dios; todavÃa no lo puedo creer. Muchas personas se congestionan sólo para ver, algunos agarrados de las manos, otros con cabeza de mano y las manos en la cabeza, como sosteniendo una gran mano, que es en este caso su cabeza. Se ahorcan de la muñeca y no hay sangre ni lamentos y nadie recuerda lo que sucedió.
Yo sencillamente puedo comerme tu televisor y sentarme en las escaleras con mi guitarra sin cuerdas, que tiene forma de dios; a quien no le importan los idiomas, porque son algo demasiado superficial.
hjuo
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